¿Qué haces cuando te pasas 10.000 horas perfeccionando una habilidad y luego tu organización cambia todo el proceso? Acuérdate de cuándo eras un niño.

Por Sage Thompson, Departamento de Marketing, The Arbinger Institute

¿Con qué frecuencia experimentamos cambios en el lugar de trabajo y qué podemos hacer para prepararnos? Tanto si somos nosotros los que debemos cambiar u es otra persona la que tiene que cambiar algo, es crítico hacer un cambio clave si queremos adaptarnos y desarrollarnos en medio de un período de transición.

Recientemente, salí a almorzar con algunos compañeros de trabajo. Cuando nos sentamos a comer, nos dimos cuenta de que habíamos elegido una mesa con sillas desproporcionadamente bajas. Con la mesa a la altura del pecho, muchos de nosotros teníamos que inclinarnos y levantar los brazos para poder comer adecuadamente. A los pocos minutos de comer en esta postura, comentamos que nos sentíamos de nuevo como niños, a esa edad en la que comienzan a comer solos.

Pronto se hizo evidente que una actividad tan simple como comer, algo que todos habíamos hecho un montón de veces, se había convertido en una auténtica batalla al tener que adaptarnos a esta nueva situación. Era una experiencia casi surrealista observar a varios adultos, que parecía que habían regresado a la infancia, derramando la comida por el suelo y con los codos en alto tratando de meter los tenedores en la boca.

Uno de nuestros compañeros de trabajo compartió medio en broma lo que solía decirle a su hijo pequeño. “¿Cuántas veces le he dicho que deje de sentarse de rodillas y se siente en la silla? ¡Pero ahora veo por qué hace lo hace! ¡No puede alcanzar la mesa a menos que esté de rodillas!» Al recordar cómo era ser un niño, empezamos a tener verdaderas revelaciones.

Sólo se necesitan 10 centímetros para anular 10.000 horas

Aquella experiencia me enseñó una lección que me ayudó a superar un reto que estaba enfrentando en el trabajo.

Tengo 24 años. Usando números aproximados, eso significa que he comido en una mesa unas 25.185 veces. He superado mis 10.000 horas necesarias para convertirme en una experta en el arte de comer. Comer es una actividad que no requiere mucho esfuerzo ni concentración. También estoy bastante segura de que mis compañeros de trabajo, y muchos de los que estáis leyendo este post, sois igualmente «expertos en comer».

Sin embargo, aquel día los cinco tuvimos que esforzarnos mucho. Comer requirió más esfuerzo, más tiempo y acabó con más errores de los que estábamos acostumbrados. Pero … ¿no éramos expertos? ¿No sabíamos ya cómo hacer esto? ¿Qué estaba pasando?

Este resultado tan pobre se debió al simple hecho de que el cambio crea un nuevo aprendizaje. El cambio requiere un ajuste, y ningún “experto” puede evitar este período de ajuste. Afecta incluso a los mejor formados y preparados.

Incluso un pequeño cambio requiere volver a aprender. A simple vista, solo éramos cinco personas sentadas en una mesa, comiendo el almuerzo como cualquier otro grupo. Sin embargo, hicieron falta 10 centímetros más para crear una situación en la que tuvimos que volver a aprender y equivocarnos en algo para lo que estábamos muy bien preparados.

¿Por qué el cambio nos lleva a creer que no somos lo suficientemente buenos?

¿Cuántas veces, como líderes, pedimos a las personas que hagan algo nuevo y luego nos frustramos ante el bajo resultado de sus esfuerzos? Además, ¿cuántas veces nos frustramos ante cambios en rutinas en las que hemos llegado a destacar?

En el Instituto Arbinger, utilizamos el término «mentalidad dentro de la caja» para identificar el tipo de creencias que solemos adoptar cuando enfrentamos diversas situaciones y que nos impiden ver claramente a los demás o a nosotros mismos. En mi caso, suelo tener una mentalidad dentro de la caja cuando me siento peor que los demás. Es fácil para mí entrar en una situación con la creencia de que no soy tan buena como o no lo suficientemente buena para […].

Adopté esta sensación de ser peor que los demás cuando recientemente actualizamos nuestro CRM—para mí el nuevo CRM era como la mesa desproporcionada en la que nos sentamos a almorzar. Una de mis funciones consiste en gestionar la base de datos y el sistema CRM, y aunque no tengo el mismo nivel de experto que “mis habilidades a la hora de comer”, tanto las personas a las que doy apoyo como yo misma, dependíamos de mi capacidad de hacer bien este trabajo.

Me había preparado para este cambio. Había asistido a todas las formaciones, realizado pruebas beta y estaba francamente entusiasmada con la idea de tener una excelente plataforma para trabajar. Sin embargo, cuando se ejecutó este cambio, sufrí de verdad. Las tareas que antes hacía en cinco minutos me llevaban cincuenta minutos, y la cantidad de errores que cometía era enorme y me llevaba mucho tiempo resolverlos.

Mi tendencia a sentirme peor que los demás comenzó a evidenciarse a medida que me frustraba cada vez más con la calidad y la eficacia de mi trabajo, y me justificaba pensando cosas como «me equivocaba al creer que esto se me daría bien» o «es evidente que no se me da bien adaptarme al cambio». Estas creencias no me ayudaban a mejorar; todo lo contrario, alimentaban y justificaban mis creencias negativas y acciones subsecuentes, haciendo aún más difícil este período de transición.

Este fue el cambio de paradigma que experimenté cuando me senté a almorzar con mis compañeros de trabajo. Mientras veía a estas personas trabajadoras, con un talento increíble esforzarse igual que yo para llevarse la comida a la boca, me di cuenta de que el cambio no refleja que seamos incapaces o incompetentes. Incluso las personas más capaces o trabajadoras pueden verse afectadas por pequeños cambios. Solamente estamos experimentando aprendizajes nuevos propios de cualquier proceso de cambio.

Entender esto me ayudó a dejar de lado mi creencia limitante de “soy peor que». No fue hasta que empecé a verme a mí misma—y a los demás—claramente que empecé a hacer progresos. Comencé a preguntarme qué podía hacer para que esta transición fuera más fácil para mí y para los demás, y comencé a centrarme en el concepto de aprender algo nuevo en lugar de intentar repetir una habilidad que había desarrollado en el pasado. En una semana logré mejorar y reducir a la mitad el tiempo que empleaba para realizar mis tareas diarias.

La idea, aunque simple, es ésta: ante el cambio, ten paciencia y juzga menos, y reconoce que los que están cambiando están aprendiendo nuevas habilidades (no sólo perfeccionando las antiguas). Dales el tiempo que necesitan para aprender de nuevo y céntrate en lo que puedes hacer para ayudar—especialmente cuando el que se enfrenta al cambio, eres tú.


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