Este post lo escribe un colaborador de The Arbinger Institute, Jimmy, que reflexiona sobre su viaje hacia una mentalidad fuera de la caja (cuando ponemos el foco en las necesidades de los demás).

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Por James McNeal, Director de Soluciones para Clientes, Instituto Arbinger

 

Una de las cosas que más me gustan de los principios de Arbinger es que puedo aplicarlos en cualquier situación: en el supermercado, en el trabajo, en el gimnasio o en casa.

Todos hemos recibido algún tipo de formación a lo largo de nuestra vida profesional y, si bien la mayoría de estas sesiones son muy útiles para desarrollarnos, los principios de la formación no siempre se pueden aplicar a todo tipo de contextos. A menudo, bromeo y digo que, si bien la formación en Lean Six Sigma es fenomenal, es bastante raro ver un proyecto de categoría Black Belt que mejore los procesos de vaciado del lavavajillas. Sin embargo, éste no es el caso en lo relativo a la mentalidad fuera de la caja, puesto que podemos aplicarla a todo tipo de relaciones humanas.

El saldo de mi “cuenta emocional” en números rojos

En este post voy a compartir cómo aplico la mentalidad fuera de la caja en casa, o por lo menos, cómo lo intento.

Bastante a menudo, como pasa en todas las familias, ocurren cosas que, al final, no son más que malentendidos. La mayoría de las veces no les doy importancia, pero por alguna razón, en algunas ocasiones, no las puedo dejar pasar y olvidar tan fácilmente.

Antes, cuando estos incidentes me molestaban, me metía de lleno en el estilo de caja «merezco», donde permanecía durante mucho tiempo.

Como he inferido antes, «merezco» es mi estilo de caja favorito, caigo a menudo en él. Cuando en los talleres explicamos la mentalidad fuera de la caja, también hablamos de lo opuesto: la mentalidad dentro de la caja. Cuando estamos dentro, nos enfocamos solo en nosotros mismos y hay diferentes maneras de hacerlo, diferentes «estilos de cajas» que podemos adoptar. Podríamos pensar que somos mejores o peores que los demás, preocuparnos por cómo nos ven los demás o pensar que merecemos cierto trato.

Cuando caemos en el estilo de caja «merezco», podemos vernos como merecedores de ciertos beneficios o ventajas, que estamos siendo injustamente tratados o poco valorados. Además, en esta caja podríamos sentirnos privados de ciertos derechos que creemos merecer y sentir resentimiento.

En mi caso, al regodearme en las emociones propias de la caja “merezco”, intento suavizar las cosas diciendo algo más o menos agradable y así enmendar o minimizar el impacto negativo de lo que he dicho o hecho antes. Pero un día escuchando a Chip Huth, a mi juicio uno de los oradores más extraordinarios de Arbinger, decir: “no puedes dejar de comportarte en una situación del mismo modo en que empezaste a comportar”, me quedé reflexionando.

El día que escuché esta frase, me di cuenta de que, con mi actitud “merezco”, estaba haciendo sufrir a mi familia. Tal y como dice Chip, no me sorprende que la reacción de mi familia a mi manera de salir de la caja «merezco» fuera fría. Para entonces, el saldo en mi “cuenta emocional” estaba en “números rojos”, hasta tal punto que me empezó a preocupar que mi esposa la cerrara después de 30 años de matrimonio. Algo tenía que cambiar.

Un cambio de mentalidad

Uno de los grandes beneficios de trabajar en Arbinger es que estamos constantemente expuestos a sus principios y nos rodean personas que, aunque no son perfectas, hacen todo lo posible por estar fuera de la caja, igual que yo. Después de un año aplicando y observando a otros aplicar la mentalidad fuera de la caja, tuve una experiencia que, por un lado, me ayudó a reconocer cómo había mejorado, pero también me mostró lo acostumbrada que mi familia estaba a mi mala actitud.

En una ocasión, tenía que viajar a San Diego por trabajo. Mi hijo mayor y su esposa viven en esta ciudad y me preguntaron si quería quedarme con ellos y acepté. Les expliqué que no llegaría a su apartamento hasta pasada la medianoche. El viernes de esa semana, le envié un mensaje de texto a mi hijo varias veces para recordarle que no cerrara la puerta principal con llave y así podría entrar sin molestarles.

Seguro que, a estas alturas, ya te imaginas lo que pasó. Efectivamente, llegué a las 12:45 de la madrugada y la puerta ¡estaba cerrada con llave! Las llamadas a sus dos teléfonos móviles y los fuertes golpes en la puerta resultaron inútiles, así que aquella noche me fui a un hotel.

En el pasado, incidentes como éste me hubieran invitado a entrar en la caja «merezco». Hubiera justificado mi enfado con pensamientos como: «¡Soy su padre!; ¡No merezco que me traten así!; ¿Acaso no me deben un respeto?”

Sin embargo, resistí la tentación de entrar en la caja y alimentar estos sentimientos de ira y de defensa de mis derechos. Me recordé a mí mismo que debía tener una mentalidad fuera de la caja y ver a mi hijo y mi nuera como personas. De camino al hotel, pensé: “Tal vez estaban tan cansados que se olvidaron de no echar la llave. No cerraron la puerta a propósito. Ha sido un error sin mala intención.»

Una vez me hube instalado en la habitación del hotel esa noche, apagué el móvil y me fui a dormir. Cuando me desperté a la mañana siguiente y revisé el móvil, estaba lleno de mensajes. Mi hijo me había enviado mensajes de texto varias veces, me había dejado un mensaje de voz, disculpándose por haber olvidado dejar la puerta abierta. Mi esposa también me había enviado un mensaje de texto. A ella le preocupaba más que pudiera arruinar el fin de semana con mi hijo y mi nuera si me enfadaba con ellos. Había sucedido tantas veces antes que era lo que todos esperaban y temían de mí.

Llamé a mi hijo. Estaba muy arrepentido. De hecho, cuando dije que no pasaba nada, que sabía que había sido un simple error, no me creyó. Él sabía que, cuando yo estaba en la caja, a menudo decía que no pasaba nada, pero actuaba como si en realidad sí pasara algo. Para asegurarse de que todo efectivamente estaba bien, me pidió que fuera a desayunar con ellos esa misma mañana. Cuando acepté, sintió una clara sensación de alivio, ésta no iba a ser “una de aquellas veces.”

Atrapado en la caja

Al igual que me quedé “atrapado fuera del apartamento de mi hijo”, a veces, en la vida, nos quedamos «atrapados» metafóricamente hablando, dentro de la caja. Consideramos que la felicidad, el éxito, un gran avance, o incluso una buena noche de sueño, están al otro lado de la puerta. Cuando descubrimos que la puerta está cerrada con llave, podemos sentirnos tentados a buscar refugio en nuestra «caja», como yo solía hacer. No nos damos cuenta de que, aunque nos hayamos quedado encerrados fuera de casa, lo que nos encierra de verdad es quedar atrapados dentro de nuestra propia caja. Nos negamos a ver lo que realmente está sucediendo, a reconocer que a veces la gente comete errores. Nos aferramos a no sentirnos respetados, olvidados, sin importancia, despreciados u ofendidos; de modo que cuando finalmente alguien abre la puerta, gritamos desde nuestras cajas: «¡Me quedo aquí, muchas gracias!»

Sin embargo, he llegado a reconocer en mi viaje a una mentalidad fuera de la caja que permanecer en mi caja es incómodo y me impide tener una relación sana con mi familia.

Desde esa noche en San Diego, cuando surgen malentendidos, como “quedarme encerrado fuera de casa”, elijo quedarme fuera de mi caja o, al menos, saltar fuera en el instante en que me doy cuenta de que me he metido dentro, e intento hacer todo lo que puedo por permanecer fuera.

Hace unas semanas, mi esposa me dijo que nuestros hijos le habían comentado: «Papá está distinto. No se enfada tanto como antes. ¿A qué se debe?»

No sé lo que les contestó, pero si me lo hubieran preguntado a mí, les hubiera dicho que se debe a mi viaje hacia una mentalidad fuera de la caja, todavía en curso, sin un destino final a la vista.

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