En un partido de béisbol que vi recientemente por televisión, los espectadores fuimos testigos de un trágico evento. Una niña pequeña fue fuertemente golpeada por una bola que salió del campo; y también fuimos testigos de una muestra heroica de humanidad por parte del jugador de los Cubs que había lanzado la bola, Albert Almora Jr.

Michael Brown, Director de Diseño Gráfico, Instituto Arbinger 

En la conocida película “Ellas dan el golpe”, el entrenador de un equipo de béisbol profesional femenino grita a una de las jugadoras: “¿Estás llorando? ¡En el béisbol no se llora!”. Esta frase se ha convertido en un mantra en béisbol, mantra en el que he creído todos estos años …, hasta el miércoles pasado.

Durante un partido de béisbol de las Grandes Ligas el miércoles por la noche, el centrocampista de los Chicago Cubs, Albert Almora Jr., golpeó con fuerza una bola de foul, que fue a pegar duramente contra la cara de una niña pequeña que estaba en las gradas. De inmediato toda la multitud dejó escapar un grito agudo. La niña fue trasladada rápidamente a un hospital local.

Después del juego, hablando vacilante y con la cabeza gacha, Albert recordó: «En cuanto golpeé la bola, la primera persona que miré fue ella». Al ver la escena y la conmoción, Albert se llevó las manos a la cabeza y cayó sobre sus rodillas en el campo. Luego enterró el rostro en sus manos.
Estaba llorando.

Sus compañeros de equipo fueron hacia él, lo rodearon con el brazo y lo ayudaron a recuperar la compostura para poder terminar el turno al bate. Cuando terminó la entrada, Albert corrió hacia el guardia de seguridad que estaba más cerca de la niña y le pidió más información. En ese punto, las compuertas se abrieron. Albert se derrumbó en los brazos del guardia de seguridad y lloró.

Si bien el evento fue trágico, la preocupación de Albert por otra persona resulta conmovedora e inspiradora. En ese momento, estaba más preocupado por las necesidades de una niña en la multitud que por sus propias necesidades en el terreno de juego.

Aunque eran extraños, Albert no usó esto para ignorar su sufrimiento. No se encogió de hombros pensando: «Es la hija de otra persona, así que no tengo que preocuparme». No contuvo su emoción culpando a otros, con pensamientos como: «Qué padre tan irresponsable al tener a su hija tan cerca del campo.»
En cambio, Albert se centró en la experiencia de la humanidad que les unía para salvar la distancia del campo que les separaba— y la inmensidad entre sus vidas—, y ser sensible al dolor de esta niña. Cuando le entrevistaron después del partido, Albert expresó su deseo de seguir adelante: «Si Dios quiere, seguiré teniendo una relación con esta niña para el resto de mi vida».

Al ver esta escena, quería gritarle a Albert lo que mi entrenador de ligas menores solía decirme cuando hacía algo correcto en el campo: «¡BUEN TRABAJO!». En ese momento, Albert mostró una noble deportividad en el juego del béisbol y en la vida.

Aunque lo observaba desde mi sala de estar, su absoluta y abrumadora preocupación por esta niña me conmovió. Sentí cómo esta muestra de emoción sincera y desnuda, desprendía integridad, carácter y auténtica generosidad, que llegó y conmovió a través de las pantallas a miles de fanáticos del béisbol. Sus lágrimas no eran una muestra de debilidad, sino más bien un testimonio de la fortaleza de su humanidad.
Albert me enseñó que en el béisbol no se llora, hasta que se llora.

 

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