Un aspecto que me gusta mucho de la ciudad de Barcelona, como de muchas otras en Europa, es la posibilidad de moverte caminando por la ciudad. En las ciudades americanas esto ocurre mucho menos, y a veces nada. Sin embargo como peatón, hay algo que suele interrumpir este placer: tropezarme con bicicletas, patinetes y otros semejantes, que utilizan el mismo espacio de las aceras, pero a mucha más velocidad.

Puedo describir esto desde el punto de vista de un peatón: objetos que pasan a mi lado velozmente cortándome el paso, con la sensación de que pueden atropellarme. Me pregunto como será verlo desde la perspectiva del ciclista, debo confesar que ésta no la conozco porque no voy en bicicleta. Pero sí puedo imaginarme que la acera es un espacio que vemos desde perspectivas distintas.

¿Cómo hacemos para compartirlo sin molestarnos?

Aquí quiero referirme a otro aspecto de la vida en una ciudad europea: el respeto de las normas de convivencia. Hablando del tráfico: comparemos una esquina de Bombay con una esquina de Madrid (o cualquier otra). Observaremos que en Bombay no hay semáforos, y si los hay, parece que nadie les hace caso. Pero hay algo más profundo que me gustaría destacar. No es solamente que en una ciudad europea haya más normas, hay una cosa tremendamente valiosa: la voluntad de respetar el derecho ajeno. Esta es la base de este mundo que llamamos desarrollado, el desarrollo está ahí, en la mente de las personas que toman en cuenta que no están solas ni pueden hacer todo lo que se les antoje, que hay tomar en cuenta que compartes el espacio con otros.   

¿Qué nos hace falta para lograrlo? pues levantar la vista del propio ombligo, mirar alrededor, y ver a las otras personas, reconocer sus derechos.

Quiero alertar de que es fundamental que cuidemos esta condición de ciudadanos, lo que nos hace civilizados, tener en cuenta el derecho ajeno.

Y no solamente por seguir un reglamento o que tengamos miedo a que nos pongan una multa. Es la convicción de que así vivimos mejor, todos. Resuelve la disyuntiva que planteaba sobre ciclistas o peatones, y muchas otras situaciones, donde levantar la vista y “ver” al otro puede cambiar mucho las cosas.

Creo que en el mundo de las organizaciones lo podemos aplicar también. Por ejemplo, ¿somos conscientes de que en el trabajo a veces “conducimos sin mirar”?; ¿Pensamos solo en lo que yo necesito, ocupándome solamente de mis asuntos y pensando que los demás ya se ocuparán de los suyos?; ¿Me preocupa cómo voy a “sobrevivir” en este mundo?

Me gustaría invitaros a reflexionar aplicando al mundo de la empresa lo que consideramos válido para la sociedad. La empresa probablemente será mucho más efectiva y un lugar mejor donde vivir, en la medida en que levantemos la vista y tomemos en cuenta al otro, sus necesidades, objetivos y preocupaciones.

La mayor parte de estas necesidades y objetivos no están escritos en ningún lugar, por eso, muchas veces para conocerlos habrá que preguntar. Te invito a empezar por la persona que tienes más cerca. Pregúntale por ejemplo cuál es su mayor dolor de cabeza con respecto a su trabajo, o en su casa … pregúntale por aquello que le quita el sueño. El mero hecho de escuchar a los demás hace que sintamos ganas de ayudar o de apoyar. Hace posible que pongamos el foco en el otro, permite tener una mentalidad “fuera de la caja”, conectando con nuestra esencia.