Así es como he tenido mi corazón, inmerso en la lectura de este maravilloso libro (Con el corazón en un puño) escrito por @korocantabrana sobre la operación de trasplante de corazón de su hijo Alan, adolescente de 17 años. Hoy, felizmente, es un universitario de 20 años, con un nuevo corazón y una nueva e ilusionante vida.

Empatizar con la vivencia de Koro como madre, e imaginarme el terremoto emocional agotador de tener la vida de su hijo pendiente de un hilo, ha supuesto para mí una lectura impresionante, muy emotiva y de grandes aprendizajes vitales. Toda una lección de autogestión de las emociones de una madre que desea ayudar a su hijo.

Aunque no menos impresionante ha sido imaginarme las vivencias de Alan, sus difíciles diálogos interiores que casi siempre conseguía positivizar, y su madurez y valentía al afrontar todas las dificultades que han sido muchísimas. Su optimismo, su convicción de que siempre consigue lo que se propone y su ilusión por próximos proyectos, han sido su motor.

A Koro la conocí en 2010, pero en 2015 supe por su amigo Pedro Rubio, que era una gran admiradora de @thearbingerinstitute, y coincidiendo con la etapa en la que estuvieron viviendo cerca de Barcelona pendientes de que apareciera el nuevo corazón para Alan, nos vimos varias veces en el @clubnauticelmasnou, tuvimos apasionadas conversaciones y me impresionaron de ella dos cosas: su energía vital y su dedicación radical a Alan, postergando mil y un proyectos que me contó que tenía.

Porque el momento importante, el que daba máximo sentido a su vida, llegó y exigía de ella toda su energía positiva y todo su calor. Se olvidó de sí misma, y puso todo el foco en Alan y en ayudarle en todo.

Igual que le puede pasar a Koro, en este tipo de situaciones extremas, obviamente llegan fases de tremenda tensión que invitan al stress, y éste a momentos de foco excesivo en uno mismo e inconsciencia, en los que uno tiende a culpar a aquel médico o enfermera, o a desconfiar y querer controlar lo que están haciendo porque las cosas no van tan rápidas como uno quisiera, o a sentir en ocasiones que merecemos mejor trato y/o más explicaciones. ¡Qué difícil es auto-gestionarnos cuando estamos “secuestrados emocionalmente”! Lo que más nos puede ayudar a reaccionar y salir de ese lugar es darnos cuenta, tener estructuras que nos permitan “despertarnos” cuando estamos ahí. Tener alertas, banderas rojas o alarmas-despertadores, y cuando salimos del ensimismamiento, reconocer lo mal que nos hemos sentido y probablemente hemos hecho sentir a los demás, y sobre todo valorar la inefectividad, las consecuencias y el impacto de nuestros comportamientos.

Sin embargo, en este libro los comportamientos predominantes van en sentido contrario, van de poner el foco en los demás, como por ejemplo cuando Alan pidió perdón a parte del equipo por el tono inadecuado de sus palabras, o cuando Koro hizo lo mismo con una médico a quien recriminó no haberle consultado la autorización de su hijo cuando creía merecerlo a pesar de que su hijo fuera mayor de edad, o en conversaciones difíciles de Koro con Alan, o en los múltiples desafíos de los fisioterapeutas en la fase de rehabilitación, o en la actitud dominante de Alan en ponerles las cosas fáciles al equipo médico, incluso en su insistencia por mostrar gratitud y aprecio sincero al equipo de la UCI cuando ya estaba en planta y antes de marcharse.

Uno de las ayudas más útiles y más revitalizantes fue la de voluntarios que habían pasado por la experiencia de trasplante de corazón y que le visitaron para compartir sus vivencias, dificultades y para testimoniar lo bien que estaban y como habían reiniciado sus vidas. El placer de dar, compartir y sentir que ayudan. Otro “momentazo” fue la organización de su 18 cumpleaños con todo un equipo de personas que se habían interesado por sus sueños, deseos, ilusiones, hobbies, etc…, y el “carrusel” de regalos llenos de amor y emoción que le ofrecieron.

Enternecedores momentos los encuentros con el hermano menor de Alan, Eric, y con su abuela, amor, amor, amor, dar, dar, dar. ¡Soltar las emociones y llorar es un alivio!

Por último comportamientos humanitarios de médicos voluntarios que siguen el ejemplo del Dr. Patch Adams, personaje protagonizado en el cine por el inolvidable actor Robin Williams, haciendo reír a los pacientes y repartiendo alegría y buen humor a todos, o las “celebrities” como presentadores de programas de TV, jugadores de fútbol famosos o cantantes de grupos musicales, son gestos que ponen el foco en los pacientes y les ayudan a superar sus momentos difíciles, provocándoles “buenas” emociones.

Gran libro, grandes lecciones de humanidad, y grandes aprendizajes.

¡Qué bonito sería si en el mundo real, cada vez más, los líderes políticos, los líderes de empresa, los padres, los hijos, venciéramos la “vergüenza” de emocionarnos y mostrar más la humanidad que todos llevamos dentro!

Las “buenas” emociones son lo mejor de la vida. Sácalas a pasear y compruébalo.