Por Chris Pineda, Instituto Arbinger

Creía que ya lo sabía todo …

En la universidad yo formaba parte del equipo de fútbol y competíamos a un alto nivel. Tratándose de un deporte global, conocí a muchos jugadores de otros países. Un compañero en particular, con el que jugué durante 2 años, era de Alemania, pero de origen polaco. El inglés era probablemente su tercera lengua.

Cuando se unió al equipo, yo ya sabía todo lo que tenía que saber sobre los jugadores de fútbol europeos. Todos eran iguales. Daban por hecho que, al ser de Europa, donde el fútbol es más popular y donde se juegan las mejores ligas y se tienen los mejores jugadores e infraestructura, de alguna manera, eran mejores jugadores que nosotros. ¡Pensaban que entendían mejor el juego y, por lo tanto, eran superiores!

Bueno, eso es lo que me decía a mí mismo. Pero eran meras suposiciones. En el caso de este compañero, di por sentado que sus quejas, su frustración, su falta de trabajo en equipo y su silencio fuera del terreno de juego eran prueba de que era arrogante y orgulloso. Encontré apoyo quejándome de él al resto de compañeros del equipo y de los técnicos. Incluso pude convencer a algunos de mis compañeros de que mis suposiciones eran bien fundadas.

Un día durante el entreno, no paraba de equivocarse en un ejercicio. Hasta tal punto, que al final se fue del campo, frustrado, maldiciendo y abandonando el entreno sin permiso. En mi opinión, eso mostraba una total falta de respeto, y el hecho de que mi entrenador no se inmutara, aún me enfadó más. ¿Cómo podía el entrenador tolerar tal falta de respeto? ¿Qué pensaba hacer al respecto? Como capitán del equipo, ¿qué iba a hacer yo al respecto?

Pero, había tanto que yo no veía

Horas después, cuando los líderes del equipo nos reunimos con el entrenador, soltamos “la bomba”. Dijimos que no era la primera vez que se comportaba así, sino que sucedía ¡todos los días! Tenía problemas de actitud, desmotivaba al equipo, era egoísta, incompetente y no hacía nada por ser parte del equipo.

Mientras nos quejábamos, nuestro entrenador tenía la mirada clavada en el suelo. Después de desahogarnos con él, levantó la vista, estaba visiblemente emocionado y lo que nos contó no solo cambiaría nuestra perspectiva sobre nuestro compañero, sino que además cambiaría su forma de interactuar con el equipo y el resultado de la temporada.

El entrenador nos explicó que la madre de nuestro compañero acababa de afrontar duros acontecimientos que cambiaron su vida en Alemania. Como su padre les había abandonado, su hermana pequeña no recibía una atención parental adecuada. Además, le costaba comunicarse en inglés, lo que supuso un ajuste importante para él. Por esa razón, era difícil hacer amigos en la universidad y aprender el sistema de juego de nuestro equipo (nuestros ejercicios, etc.). Deseaba volver a su hogar, pero no tenía el dinero y dudaba de si debía abandonar la facultad, porque su madre le había ayudado a pagar la matrícula. Estaba dividido entre estar allí con su familia, especialmente con su hermana pequeña y perseguir el sueño que su madre deseaba para él.

Cuando el entrenador terminó de hablar, nos quedamos en silencio. Hice un esfuerzo por contener las lágrimas al poder entender su situación y verle como alguien que importaba. Sentí vergüenza, arrepentimiento y, a la vez, un amor profundo por alguien a quien se lo había estado negando desde que llegó.

Cambiar la perspectiva para cambiar el comportamiento

Después de esa noche, todo cambió. Comenzamos a enseñarle a nuestro compañero el sistema de juego. Le ayudamos con el inglés. Todo el equipo empezó a invitarle a actividades fuera del entrenamiento. Así fue como acabó convirtiéndose en un buen amigo … y en uno de los jugadores con más talento que habían pasado por la facultad. Esa temporada no dejamos de batir récords universitarios.

Mi aprendizaje

Cuando miro hacia atrás, pienso en esta experiencia y otras similares para recordarme que siempre hay algo que me queda por entender. Hay cosas que no sé y que no puedo saber a menos que haga el esfuerzo de descubrirlas. Todo el mundo tiene una historia que contar y lo que les importa debería importarme a mí también. Cada vez que caigo en los viejos patrones de tratar a los demás, recurro a estas experiencias para recordar que cuando cambio de perspectiva, todos ganamos. Este aprendizaje determina cómo me desenvuelvo en mi vida profesional y personal y me ayuda a ser mejor compañero, esposo y padre.

Creo que este es un mensaje de esperanza: aún no domino este proceso y probablemente nunca lo dominaré del todo, aunque puedo mejorar cada día un poco. Todos nos equivocamos, a veces todos vemos a los demás como objetos, pero también podemos recordar los momentos en los que hemos tratado a los demás como personas y podemos aspirar a generar más de esos momentos en nuestra vida.