Por Jim Ferrell, Socio Fundador del Instituto Arbinger

Éste es nuestro perro. Es un Springer Spaniel llamado Oakley.

Debería darte pena.

No me malinterpretes, a toda mi familia le encanta Oakley. Es amable y gentil (a menos que seas un gato). Una vez se metió en un río para salvar a un perro mucho más joven que él que se estaba ahogando, a pesar de que ese perro se había pasado meses tratando mal a Oakley y demostrándole que él era el macho alfa de la familia. Pero, aun así, Oakley lo salvó.

Aunque no jugamos con Oakley como lo harían otras familias, todos los días nos espera pacientemente en el porche de atrás para que juguemos con él. No importa el tiempo que tenga que esperar, cuando nos ve, nos saluda meneando la cola meneando y besándonos el brazo o la pierna con suavidad y baja corriendo las escaleras de casa para jugar.

Es un perro maravilloso. No debería darte pena por él. Debería darte pena porque tiene que vivir con nosotros.

Oakley ya tiene casi catorce años. Se ha quedado ciego y sordo y muestra signos de Alzheimer canino. Todavía nos besa y baja las escaleras para jugar. Sin embargo, hace un tiempo que no para de ladrar. Cuando se hace de noche empieza a ladrar cada veinte segundos.       Así.      Tal      cual.

Lo he intentado todo para conseguir que deje de ladrar. Pero nada ha funcionado. Temía el momento de ir a la cama, sabiendo que el aullido de “lobo” de Oakley me haría poner tenso y me impediría dormir.

¿Y los vecinos? A mi esposa y a mí nos preocupaba el estrés que los ladridos de Oakley provocaban en nuestros amigos. Incluso nos planteamos “ponerlo a dormir”.

Una noche me di cuenta de algo: a medida que mi tensión con Oakley aumentaba, gradualmente dejé de mostrarle afecto. En seguida supe que esto no estaba bien. De hecho, el propio Oakley me lo había enseñado, ya que él nunca había disminuido su afecto por nosotros, aunque nosotros hubiéramos disminuido el nuestro. No importaba como de mal le tratáramos que eso no le impedía amarnos.

Así que salí a acariciarlo. Ni siquiera recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez. Oakley se apoyó en mí, ofreciéndome su pata, para que le acariciara como a él más le gusta.

¿Cómo debe ser ser él? Me preguntaba mientras lo acariciaba. Haber perdido el oído, la vista y gran parte de su energía y vitalidad y no entender lo que está pasando. ¿Cómo debe ser estar encerrado en el patio trasero, solo, recibiendo cada vez menos atención, en parte porque estoy cada vez más enfadado con él y, por lo tanto, queriendo pasar cada vez menos tiempo a su lado? Dejé de acariciarle, le di una palmadita cariñosa en el costado y entré en casa.

Esa noche, Oakley no ladró.

La noche siguiente le acaricié de nuevo. Esa noche tampoco ladró. Ni la tercera noche ni la cuarta. Todas las noches acariciaba a Oakley y todas las noches él y yo y los vecinos disfrutábamos de una noche de profundo sueño.

Es irónico: sólo pude resolver mi problema cuando empecé a ayudar a Oakley a resolver el suyo.

Mi experiencia me dice que esto no es solo casualidad y que es tan cierto con las personas como lo es con Oakley. Es más eficaz ayudar a las personas a resolver sus problemas, que intentar que dejen de ser un problema para nosotros.

Dicho de otra manera, podemos enfadarnos con nuestros Oakleys e intentar que dejen de molestarnos o podemos tratar de ayudarles con los problemas que tienen, a pesar de que su conducta nos moleste. Lo primero provoca precisamente que los demás sigan haciendo aquello que nos molesta. Lo segundo, nos permite pasar de “personas a las que el otro no les importa” a “personas a las que el otro sí les importa”, un cambio que hace que sea más fácil para los demás cambiar también.

Cuando otros nos molestan, por lo general les exigimos un tipo de respuesta que nosotros mismos no estamos dispuestos a dar. Pero cuando a ninguno le importa el otro, nos disgusta sobremanera que no nos tengan en cuenta. He aquí la gran contradicción: ¡Estoy molesto porque estás haciendo exactamente lo que yo también estoy haciendo!

¿Cómo podemos vivir con esta contradicción? Creyendo que solo hacemos lo que hacemos porque el otro también lo hace. Sentimos que el otro nos obliga a actuar así: y entonces nos sentimos atrapados con una sensación de impotencia.

Además, estamos convencidos de que, a diferencia de nosotros, la otra persona puede elegir cambiar su conducta. Si no lo creyéramos, no nos podríamos enfadar con ellos.

Así que exigimos la responsabilidad de aquellos a quienes culpamos al tiempo que nos eximimos a nosotros mismos de dicha responsabilidad. Compramos nuestra justificación—y por lo tanto (en nuestras mentes) nuestra inocencia—a cambio de una prisión de impotencia personal.

Pero no eres impotente. Y yo tampoco. Somos tan libres como las personas a las que culpamos.

Entonces, ¿qué elegiremos?

Ha pasado un año desde que Oakley dejó de ladrar. Recientemente, sin embargo, ha empezado de nuevo, no mucho, pero lo suficiente.

Y recuerdo: en algún momento del año pasado dejé de acariciarlo.

Ha llegado el momento de que pase más tiempo con él en el porche. O, quizás, de dejarlo entrar en casa.

¿Quiénes son tus Oakleys?

Y … ha llegado la hora de hacer ¿qué?