Desde bien pequeños aprendemos que “la experiencia es la base del conocimiento” y que, para llegar a éste de un modo efectivo, en términos de utilidad para los retos que enfrentamos, debemos transitar por los tres niveles del aprendizaje: el nivel intelectual, el emocional y el vivencial. Es decir, debemos entender (llevar nuestra atención hacia lo que importa), debemos sentir (nos tiene que “hacer sentido”) y debemos vivenciar (aplicar en nuestro día a día).

Si aplicamos lo anterior al momento que nos toca y tocará vivir, en un medio y largo plazo en relación con la pandemia y sus implicaciones, la realidad es que las generaciones presentes nunca hemos experimentado lo que está sucediendo. Si “la experiencia es la base del conocimiento” (con sus tres niveles), estamos en un camino “sin salida” porque no tenemos lo necesario para resolver el reto.

Es aquí, bajo esta paradoja, donde aparece principalmente el mecanismo emocional que, cuando es útil, nos ayuda a gestionar amenazas…. el miedo. Pero aquí también nos enfrentamos a otra singularidad… ahora la amenaza, a diferencia de otros momentos de la historia, es un peligro que no se ve, que no se oye, que no está asociado inherentemente a la violencia… “sólo” percibimos sus perniciosos efectos. Hay una tranquilidad constantemente amenazante y silenciosa, en términos físicos, emocionales, sociales, políticos, económicos, … una amenaza que, si somos sinceros, ha provocado los cambios más importantes en nuestra historia evolutiva… la incertidumbre compleja (cuando lo ignoto se compone de innumerables variables cuyos valores también son desconocidos).

¿Dónde puede estar entonces la clave que nos permita darle un criterio de utilidad y eficacia a nuestro conocimiento (presente y futuro) en términos de resolver el reto al que nos enfrentamos? Pues, en mi opinión, precisamente en la propia definición del reto, es un reto colectivo y, como tal, debemos concebirlo. Sé que esto puede sonar a “obviedad” pero permíteme que juntos ahondemos más en la trascendencia que esta concepción tiene.

El reto es colectivo, quizás por primera vez en la Historia, porque afecta a todos los sectores, tipologías de organizaciones, geografías, niveles socioeconómicos y culturales.

Hablamos de un reto colectivo y añado, también desde la “obviedad”, que su resolución estará vinculada a cómo gestionemos nuestras emociones, mentalidades y comportamientos individuales, porque como dijo Alejandro Magno: “De la realización de cada uno, depende el destino de todos.”

La solución a la paradoja está, por tanto, en la reciprocidad, en la responsabilidad compartida y en que los comportamientos que desarrollemos nos lleven a una nueva dimensión de la colectividad. Bajo todo esto se encuentra siempre nuestra mentalidad. ¿Y cómo podemos definir la mentalidad en términos de lo que estamos hablando? Como el ejercicio propio y responsable para considerar y graduar el impacto que tiene en los demás lo que hago

Luego lo importante es que nos centremos en la mentalidad como mecanismo para romper la paradoja asociada al reto que enfrentamos.

Imaginemos por un instante que hay ocasiones en las que percibo a los demás como objetos, ya que no veo su conjunto de objetivos, retos, necesidades, … si no que me enfoco únicamente en los míos. En estas ocasiones estoy viéndolos desde una mentalidad en la que no los veo como personas (sino como obstáculos, si me estorban; como vehículos, si les utilizo; o como “entes irrelevantes”, si considero que no me estorban o puedo utilizarlos). Imaginemos, también por un instante, que en momentos como los que estamos viviendo me dejo llevar por la compulsividad, por los sesgos cognitivos propios de un supuesto “instinto de supervivencia”… si lo hago, estaré únicamente centrado en la consecución de mis propios objetivos, mis problemas, mis retos “Individuales”.

Lo anterior describe un patrón plenamente estudiado (“inward mindset”, “mentalidad dentro de la caja”), y se da entre nosotros en gran parte de nuestras relaciones, en situaciones en las que nos vemos superiores o inferiores a aquellos con los que nos relacionamos, y desarrollamos un mecanismo “hiper-entrenado” en nosotros, el de la “auto-justificación” (como en el Principito…. “preferimos tener razón a ser felices”, o conseguir los objetivos colectivos, que paradójicamente engloban los nuestros).

Precisamente cuando transitamos a la mentalidad antagónica a la descrita en los dos párrafos anteriores (“outward mindset”, “mentalidad fuera de la caja”) es cuando aparece la fuerza que humaniza. La fuerza que humaniza es la derivada de una mentalidad que nos lleva a considerar el impacto que tenemos en los demás, y a ver cómo este impacto afecta a la consecución del reto colectivo.

La mejor noticia es que para conseguir humanizarnos “sólo” hay que hacerlo. Ésa es la única manera, empezar a transformarnos, a transformar nuestra mentalidad como vehículo para lo que estamos viviendo, y lo que nos va a tocar vivir en los próximos meses, años, … Y cómo todo lo importante requiere “gimnasia”.

Debemos enfocarnos a la “gimnasia” del conocimiento (aprendizaje) de la única mentalidad útil, la mentalidad “fuera de la caja”, transitando por los tres niveles mencionados al principio: entender (“ver cómo impacto en los demás”), sentir (“dar sentido y ajustar mis comportamientos”) y vivenciar (“constatar/medir lo que supone mi comportamiento”).

Pero tenemos “frenos”, estamos habituados a “meternos en la caja”, por eso hay herramientas para salir.

Si no ves esos frenos, o los ves pero tienes tus razones para no eliminarlos, … hay una última opción: “guarda tu amor, tus abrazos no dados, tus preguntas curiosas no hechas, tu ánimo y ayuda no expresados, … en esa “caja”, y ten la «fe» necesaria para accionarlos cuando puedas/quieras. Pero, recuerda, quizás ya sea tarde o no tenga sentido, porque el reto es colectivo y, por definición, en el colectivo también estás tú. 😊


PRÓXIMO TALLER ONLINE

Desarrollo e Implementación de una Mentalidad Fuera de la Caja

9, 11, 16 y 18 junio 2020