En 1950, Harry y Bonaro Overstreet escribieron una editorial que habla del tema central de los problemas sociales que enfrentamos hoy: «Para los inmaduros, las otras personas no son reales».

La sabiduría que proviene de la verdadera madurez a menudo se evidencia con mayor fuerza en nuestro grado de escucha hacia los demás. Cuando otros son reales para nosotros -no caricaturas de una sola dimensión que definimos según amplias clasificaciones o características externas- nos quedamos infinitamente fascinados. Cuando somos maduros, reconocemos que otros seres humanos son tan multidimensionales, contradictorios, cambiantes, con diferentes capas y versiones, misteriosos y valiosos como nosotros mismos. Comprender y entender completamente a otro ser humano es tan imposible como sondear la profundidad del universo, e igual de asombroso para las personas maduras.

Pero no siempre somos maduros, especialmente cuando nos relacionamos con aquellos que no se parecen a nosotros, no actúan como nosotros o tienen las mismas creencias que nosotros.

La motivación detrás de la deshumanización

Cuando lastimamos (no tratamos bien) a otra persona, ya no estamos interesados ​​en su humanidad como persona. Más bien, cuando maltrato a otro ser humano, creo una nueva necesidad en mi vida: la necesidad de estar justificados para usar, rebajar, humillar, pasar por alto, restar valor o despreciar a otro ser humano. Necesito justificarme. Necesito hacer parecer correcto lo que sé que es inherentemente incorrecto. ¿Cómo puedo sentirme justificado? Lo hago al verme mejor o peor que la otra persona. En cualquier caso, diferente; más merecedor o menos merecedor, pero no igual. Ya no le veo como persona, sino como la caricatura unidimensional que merece mi maltrato porque lo he agrupado con otros que no son como yo, en función de factores de raza, clase, religión, orientación sexual, género, edad, etc.

Habiendo establecido todas mis pruebas para su maltrato en una sola definición, lo más peligroso que puedo hacer es aprender algo más sobre el/ella. Evito, a toda costa, cualquier cosa que pueda sugerir que ellos y yo somos más parecidos de lo que sugiere esta única diferencia. Y, por supuesto, no hay nada fascinante en una caricatura unidimensional cuya existencia completa se pueda resumir en una sola etiqueta. ¿Es de extrañar que el maltrato signifique el fin de la curiosidad y la escucha?

La historia del mundo cuando se indaga a través de guerras, conquistas y conflictos actuales podría ser una historia tan simple como este proceso predecible.

El poder humanizador de escuchar

Para revertir este proceso deshumanizante, podemos comenzar con lo que nos resulta menos natural en nuestro momento más inmaduro: escuchar. Con esto no nos referimos al tipo de escucha que clasifica lo que otros dicen (o no dicen) a través de la lente de nuestros planes de búsqueda de justificación. No es el tipo de escucha que busca intensamente errores y fallos razonables. No es el tipo de escucha que se abalanza sobre inconsistencias o una palabra o frase mal elegida. No es el tipo de escucha que espera ansiosamente una pausa o un cambio en lo que queremos decir.  Y, lo más importante, no es el tipo de escucha que presta más atención a lo que se dice que a lo que una persona está tratando de decir.

Para los maduros, hay más valor en comprender el significado que en analizar las palabras. Y debido a que para las personas maduras las otras personas son reales, se esfuerzan para encontrar la forma más compasiva de deducir el significado de las palabras que siempre son un medio extremadamente imperfecto para transmitir ese significado. La escucha de los que son maduros podría ser denominada escucha humana/compasiva. Es lo opuesto a reconstruir la versión más endeble del hombre de paja del argumento de otro. Es infundir en las palabras de otro una lectura tan amable y esperanzadora como sea posible. Y lo que sigue es, por lo general, alguna forma de pregunta que muestra verdadero interés: «cuéntame más».

En su ensayo del mismo nombre, Brenda Uland escribe: “Escuchar es algo magnético y extraño, una fuerza creativa. Piensa en cómo solemos acercamos a los amigos que realmente nos escuchan. Queremos estar cerca de ellos, como si nos hiciera bien, como los rayos ultravioleta. Esta es la razón: cuando nos escuchan, nos hacen crecer y desarrollarnos. Las ideas comienzan a crecer dentro de nosotros y cobran vida «.

Para aquellos que son de alguna manera diferentes a nosotros, ¿no es ahora el momento más importante para este tipo de escucha?, ¿Cuán interesados ​​estamos realmente en entender a los demás? ¿Cuán deseosos estamos de aprender de otros, los tipos de cosas que podrían disipar la oscuridad discriminatoria de esas partes de nosotros que están decididas a mantener las justificaciones que apoyamos a través de prejuicios, conceptos erróneos y miedo? ¿Cuánto deseamos escuchar?

Un ejercicio de escucha

Senthiyl SSG, Director Gerente de Arbinger Singapur/Malasia, describió lo que sucedió cuando realizó un ejercicio de escucha en uno de los talleres que facilitó:

Durante un taller de Arbinger, di a los grupos 15 minutos para averiguar en profundidad las necesidades, objetivos, cargas y preocupaciones de una persona de su grupo. Cinco minutos después de la actividad, algunos grupos me preguntaron si podían pasar a la siguiente persona ya que «ya habían terminado de entender» a la primera persona. Animé a estos grupos a considerar cuán profundamente podían haber entendido a la otra persona dado que solo habían invertido cinco minutos en el ejercicio. Además, analizamos juntos cuánto tiempo pasaban realmente entendiendo las necesidades de aquellos con los que tenían impacto en su organización. Pregunté a estos grupos si los problemas y desafíos que tenían con muchas de esas personas ​​podrían estar relacionados con no invertir el tiempo suficiente para comprender sus necesidades, objetivos, cargas y desafíos. Cerca del final del ejercicio, les pregunté si la forma en que estaban escuchando podría ser una indicación de cómo realmente estaban viendo a los demás, como personas u objetos.

¿Cuál es nuestra verdadera motivación?

Senthiyl plantea una pregunta simple que podría ayudarnos a ser más conscientes de nuestra verdadera motivación en situaciones que requieren que comprendamos más a los demás: «¿Estoy escuchando para corregir y enseñar, o estoy escuchando para aprender?». Si bien tenemos claro cómo escuchar para corregir o enseñar, ¿qué significa escuchar para aprender? ¿Cómo sería nuestro diálogo como sociedad si en cada interacción con los demás, ya sea en persona o virtualmente, nos comprometiéramos a escuchar y aprender de las siguientes tres formas?

Escuchar para aprender sobre la persona.

Escuchar para aprender de la persona.

Escuchar para aprender cómo puedo estar equivocado

Senthiyl concluye: “Escuchar con estas tres áreas en mente, crea una conexión profunda entre el oyente y la persona que está siendo escuchada. Escuchamos cosas que no hemos escuchado antes; comenzamos a entender realmente a la otra persona y cómo siente que, tanto ella como sus puntos de vista, son importantes. Desafortunadamente, escuchar a menudo se considera una carga que nos imponemos en beneficio de los demás. Como si fuera un regalo que damos a otros. Me he dado cuenta de que escuchar es principalmente un regalo que nos ofrecemos a nosotros mismos: vivir y trabajar sin prejuicios, discriminación ni suposiciones falsas”.

Ser humano, en este momento de la historia de la humanidad, es ser parte de la conversación sobre cómo nos deshacernos de los prejuicios que se centran en la raza, la religión, la orientación sexual, el género, la edad, la clase, la discapacidad y una variedad de etiquetas deshumanizantes que justifican nuestro maltrato mutuo. Cualquiera que sea el papel que desempeñemos para ayudarnos a avanzar hacia ese objetivo, la influencia que tengamos dependerá, en gran parte, del grado en que nos permitamos ser influenciados por otros – de que seamos lo suficientemente maduros para buscar/identificar a las personas que todavía no consideramos personas para nosotros, que no son reales – Si para los inmaduros, las otras personas no son realmente personas, entonces la única forma de madurar en nuestro potencial como familia humana es vernos de verdad. Y eso podría comenzar no solo con los ojos, sino con los oídos.

La cuestión es: «¿Estoy deseando escuchar?» Busca personas con antecedentes diversos, experiencias en la vida y puntos de vista diferentes. Pasa tiempo escuchando sin imponer tus propios puntos de vista. Comprométete a escuchar para aprender en lugar de corregir. Pregúntate: ¿cómo podría ser cierto lo que esta persona dice (quizás desde perspectivas que no había visto antes)? ¿No estás seguro de cómo tener una conversación como ésta? Recuerda el poder de las palabras: «Cuéntame más«.


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