Autor:  Jim Ferrell – Fundador y Socio Director del Instituto Arbinger

La humanidad está olvidando cómo discrepar. No me refiero simplemente a que nuestra manera de discrepar es cada vez más problemática (si bien lo es). Quiero decir que tenemos un problema aún mayor: ya no sabemos cómo discrepar porque no sabemos qué pensamos.

De entrada, esto parece obviamente falso. Después de todo, ¿alguna vez ha habido un momento en la historia del mundo en el que la gente estuviera más segura de sus opiniones?

Este es precisamente el problema. Las opiniones son cosas de las que nadie debería estar seguro. Deberían sostenerse de la misma manera que uno sostiene la bandeja de los postres—eso es, hasta el momento en que uno ve una opción mejor. Sin embargo, parece que cada vez nos cuesta más hacerlo. Insistimos en nuestras opiniones precisamente porque hemos perdido de vista el hecho de que son meramente opiniones.

Tres tipos de opiniones

Uno de mis colegas en Arbinger me enseñó una manera muy útil de pensar sobre mis propias opiniones. La idea es que mis opiniones son de tres tipos:

  1. Cosas sobre las que reflexiono;
  2. Cosas sobre las que opino; o
  3. Cosas de las que estoy convencido.

Creo que nuestra cultura está sufriendo de lo que podríamos denominar una «escalada de opinión»—la elevación de los pensamientos no argumentados al grado de opiniones y de las opiniones al grado de convicciones. Cuando elevamos nuestros propios puntos de vista de esta manera, estamos siendo deshonestos con nosotros mismos y engañamos a los demás. Esta despreocupación y arrogancia del pensamiento pone en riesgo los resultados corporativos, pone en peligro la felicidad familiar y convierte nuestra política en una lucha de proporciones épicas y trágicas.

Podemos aprender a discrepar con los demás de manera más productiva, si primero evaluamos y clasificamos nuestros pensamientos. ¿Cómo podemos hacerlo?

Evaluación y clasificación de nuestros pensamientos

Mi amigo lo hace así: En sus comunicaciones, él se preocupa de clasificar sus opiniones de una de las tres maneras enumeradas arriba – como reflexiones, opiniones, o convicciones.

Por ejemplo, a veces dice: «Tengo algunas ideas sobre este tema, pero aún no me he formado una opinión.» Con esto quiere decir que él es consciente de que no ha reflexionado lo suficiente sobre el tema, ni lo ha investigado lo suficiente, ni se ha formado lo suficiente como para tener pensamientos que podrían considerarse argumentados. Se da cuenta de que sus puntos de vista, en tales casos, pueden estar fundamentos en prejuicios personales y, por tanto, pueden no ser fiables. Es lo bastante humilde como para admitirlo ante él mismo y ante los demás.

Otras veces dice: «Tengo una opinión al respecto, pero no estoy convencido”. Con esto quiere decir que, aunque ha reflexionado lo suficiente sobre el tema como para tener una opinión bien razonada, reconoce que aún no está seguro sobre el asunto o que todavía tiene algunas lagunas de comprensión y que su postura podría ser incorrecta. Es lo bastante honesto como para reconocerlo ante los demás.

En ocasiones, mi amigo dice que está convencido sobre cierto punto. Cuando dice esto, sé que considera que se ha tomado la molestia de entender cierto tema y que está muy seguro de que tiene razón y que se ha asegurado de que su punto de vista no se basa en prejuicios. Como es consciente de sí mismo y honesto sobre sus puntos de vista, cuando dice que está convencido de algo, suelo tomar nota.

Podemos equivocarnos, por supuesto, incluso sobre nuestras convicciones. Sin embargo, considero que la manera en que mi amigo clasifica la fuerza relativa de sus opiniones es increíblemente útil. Mi experiencia con este enfoque, me lleva a concluir que, si habláramos y nos escucháramos de esta manera, el impacto de nuestra forma de comunicarnos sería notablemente más saludable y eficaz en el trabajo, en casa, en nuestras comunidades y en la política.

Por ejemplo, en una relación de socios que se dan cuenta de que muchas de sus diferencias son simplemente diferencias de opinión, son mucho menos propensos a entrar en conflicto que los que están convencidos de que sus opiniones son correctas.

Del mismo modo, los empresarios conscientes de su propia ignorancia buscarán ayuda y respuestas, mientras que las personas con fuertes opiniones ni siquiera sentirán la necesidad o el deseo de hacerlo.

Cómo prevenir la escalada de opinión

Al convertirnos en trepas de nuestras opiniones, tendemos a estar convencidos de muchas cosas y a opinar sobre casi todo lo demás. Estamos ciegos a la enormidad de nuestra ignorancia.

¿Cómo podemos evitarlo? ¿Cómo podemos saber si nuestras opiniones están trepando? Podemos comprobarlo prestando atención a dos cosas: por un lado, la frecuencia con que expresamos una convicción, y por el otro, la frecuencia con que reconocemos nuestra ignorancia. Si tenemos demasiadas convicciones o si no reconocemos nuestra ignorancia lo suficiente, pueden que sea señal de que nos hemos convertido en trepas de nuestras opiniones.

Curiosamente, cuanto más conscientes y honestos seamos de nuestra propia ignorancia, los demás considerarán más seriamente lo que tenemos que decir. Puede parecer que sea al revés. Pero si lo piensas bien, tiene sentido. Después de todo, a nadie le gustan los trepas.