
Muchos de nosotros aprendimos la máxima "Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti" y podríamos decir que esta Regla de Oro constituye la base ética de nuestro comportamiento.
En principio, para fomentar las relaciones sanas, la convivencia e, incluso, para ser más felices, esta Regla de Oro podría ofrecer una buena pauta. No quiero que me hagan daño, así que no debo hacer daño a los demás. Quiero que las personas sean consideradas conmigo, así que debo ser considerado con los demás.
Sin embargo, esta Regla de Oro se queda corta por dos razones.
En principio, esta Regla de Oro nos invita a ser considerados y amables hacia los demás. Como queremos que los demás sean serviciales y amables con nosotros, así es es como debemos ser nosotros con ellos.
Sin embargo, no se trata de que nosotros hagamos "cosas útiles o amables" hacia los demás para luego felicitarlos por haber estado "atentos" a sus necesidades y deseos.
Si tratamos a los demás como nos gustaría ser tratados, solo estamos teniendo en cuenta nuestro propio punto de vista. Ayudamos a los demás porque así es como nos gustaría que nos trataran si nos encontráramos en esa situación. Si bien ayudar a los demás es bueno y ponernos en "sus zapatos" nos permite entender por lo que podrían estar pasando, es importante reconocer que existe todavía una discrepancia entre lo que nosotros creemos que les ayudaría y lo que ellos consideran que les ayudaría.
Lo que es realmente útil es lo que el otro considera realmente útil.
Existe una diferencia sutil entre estos dos enfoques. Al considerar lo que nosotros creemos que sería útil, nos enfocamos principalmente en nosotros mismos y en lo que esperaríamos de los demás en una situación particular. Pero cuando consideramos y preguntamos al otro qué podría serle útil, entonces es cuando realmente nos centramos en ellos.
Sabemos que cuando interactuamos con otras personas con una "mentalidad dentro de la caja", centrada en nosotros mismos, los vemos como objetos. Esto implica, en algunos casos, verlos como vehículos a los que podemos utilizar para nuestros propios fines. Si queremos que alguien haga algo por nosotros, podría ser tentador aplicar esta Regla de Oro en nuestro beneficio.
En vez de respetar a los demás, independientemente de cuál sea su respuesta, convertimos la Regla de Oro en una relación transaccional en la que vemos al otro del mismo modo en que veríamos a un cliente. Nos planteamos qué obtendremos de la otra persona a cambio de nuestra "inversión" en tiempo, energía y esfuerzo, etc. El trato que dispensamos a los demás se convierte en una mera transacción, donde esperamos que la otra parte nos ayude con alguno de nuestros objetivos. Hago esto para conseguir esto otro.
Ante este mal uso de la Regla de Oro, es fácil ser aparentemente amable con los demás y seguir poniendo el foco en uno mismo, donde lo único que importa es lo que yo obtengo o lo que yo necesito.
Asimismo, podemos hacer un mal uso de la Regla de Oro cuando la utilizamos a modo de botón de “expulsión de emergencia". Es decir, como una forma de eludir la responsabilidad de nuestro impacto en los demás. Si tratamos a los demás como queremos que nos traten, y ellos no reaccionan de la manera que queremos o esperamos, es fácil pensar: “bueno, lo hice lo mejor que pude, ¿no? Él o ella es el problema. Después de todo, le he tratado como a mí me gustaría que me trataran y, aún así, no coopera. ¡El mundo está lleno de gente muy poco razonable!”
Tratar a los demás con respeto no debería ser una transacción. Debería ser nuestra forma de honrar la humanidad del otro.
Desde un punto de vista ético, estar atentos a las necesidades de los demás y respetarles, nos exige algo más que simplemente responder a la pregunta: "¿Cómo me gustaría que me trataran en esta situación?" y actuar en arreglo a esta repuesta.
Lo que debemos plantearnos es: “¿Le he preguntado a la otra persona cómo le gustaría que la ayudara?” “¿A la hora de hacer mi trabajo, tengo en cuenta lo que necesita? ¿Trabajo entonces de tal modo que yo puedo cumplir mis objetivos y hacerle las cosas más fáciles al mismo tiempo?”
En Arbinger, hablamos de una mentalidad fuera de la caja cuando vemos a los demás como personas que importan tanto como nosotros. Equiparar la mentalidad fuera de la caja con la Regla de Oro puede parecer lógico. Es fácil vincular la mentalidad fuera de la caja con este concepto familiar y moralmente elevado.
Pero una mentalidad fuera de la caja es mucho más que tratar a los demás como queremos ser tratados. Con una mentalidad fuera de la caja, reconocemos que los demás tienen valor, independientemente de cómo nos traten. El mero hecho de ser personas, al igual que nosotros, les otorga un valor intrínseco. Además, al preguntarles cómo les gustaría que les tratáramos, les brindamos la oportunidad de expresar cómo les gustaría ser tratados, qué les sería útil, cuál es su punto de vista, etc.
Cuando vemos a los demás como personas, no nos enfocamos en nosotros para saber cómo tratar a los demás, si no que nos enfocamos en los demás para saber cómo tratarlos.
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Saludos
Me gusto esta informacion muy edificante y educativa para mi vida
Muy bueno, sino nacimos para servir, no servimos para vivir.
Creo que esta regla sólo vale para algunos casos. Está pensada para la bondad humana. Pero ¿y la maldad?. Ahí ya entramos en terrenos complejos de lo que a uno le pueda gustar. Además, lo que uno puede estimar como lo bueno puede ser malo para los demás. Y ya no hablemos si nos referimos a psicópatas, sádicos, masoquistas, sadomasoquistas...donde entrar en el terreno de lo que ellos quieren puede romper la baraja.