Hay mucho que podemos aprender de la práctica del Kintsugi cuando creemos que somos peores que los demás.

En japonés, la palabra Kintsugi significa “reparación con oro”. Describe el arte tradicional de reparar las fracturas de la cerámica con barniz o resina espolvoreada con oro. Plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse. Hay mucho que podemos aprender de la práctica del Kintsugi cuando creemos que somos peores que los demás.

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Vernos a nosotros mismos como peores que otros

Cuando nos centramos en nosotros mismos decimos que tenemos una mentalidad dentro de la caja. A veces, ponemos demasiada atención a nuestros propios defectos. Solo estamos pendientes de nuestros errores o sentimos que nuestras capacidades o relevancia no están a la altura. Creemos que de algún modo somos peores que los demás.

Así que estos errores que percibimos podrían influir en el modo en que vemos a los demás y nuestras circunstancias. Por ejemplo, podríamos dejar de ver a los demás como personas cuando nos deslumbra el considerarles mejores que nosotros. O también podemos sentir que las circunstancias escapan nuestro control y buscamos excusas para mejorar la situación.

En algunos aspectos, incluso podemos dejar de vernos a nosotros mismos como personas. Es posible que solo veamos nuestros defectos, errores y lamentos y no reconozcamos que no solo somos eso.

Sin embargo, la práctica del Kintsugi nos recuerda que somos, de hecho, más que nuestros defectos.

Paso 1: Ver nuestro valor a pesar de nuestros defectos

El Kintsugi nos ofrece una esperanza de futuro. Aunque una vasija se haga añicos, no debe tirarse, sus piezas rotas no la despojan de su valor. Más bien, se espera que, una vez reparada, esta vasija seguirá cumpliendo su propósito.

Si trasladamos esta esperanza de futuro al terreno personal, aunque veamos y reconozcamos nuestros defectos, podemos recordar que aún así tenemos valor. Igual que otros tienen valor a pesar de sus flaquezas. Nuestras imperfecciones, tanto en nuestra vida, o de carácter personal o en nuestras relaciones, no nos desprenden automáticamente de valor.

Tampoco ponen fin a nuestro sentido de propósito. Hay esperanza de que todavía podamos ser útiles.

Paso 2: Restaurar el propósito, no solo la belleza

En la práctica de Kintsugi, la colocación de la laca de oro se guía por el propósito de la propia cerámica. Las piezas rotas no se vuelven a unir para tomar una nueva forma, sino para devolver el propósito a la cerámica y otorgarle mayor profundidad y significado.

Del mismo modo, reparamos nuestros defectos no cubriéndolos de oro, sino recordando nuestro propósito. Todos podemos encontrar un sentido de propósito al ayudar a los demás.

Cuando cambiamos de una mentalidad dentro de la caja (con el foco en mí) a una mentalidad fuera de la caja (con el foco en el otro), comenzamos a ver a los demás como personas. Reconocemos sus esperanzas, deseos y la necesidad de que, a veces, les ayudemos. Al hacerlo, empezamos a ver que somos más que nuestros defectos y empezamos a ver formas en que podemos ser esa fuente de ayuda.

Comenzamos a ver que podemos ser portadores de esperanza, ayuda, ánimo, empatía, guía y compasión, no solo una pieza de cerámica reparada.

Paso 3: Celebrando nuestras fortalezas

Pero el Kintsugi no es solamente una forma de arte de la redención. También lo es de la transformación.

No se pretende disimular las lesiones. La laca dorada ilumina cada grieta.

La estética general nos recuerda que hay belleza en lo que se repara, en nuestras imperfecciones. Nuestros defectos, errores o debilidades pueden transformarse en fortalezas y pueden celebrarse.

Cuando estamos dentro de la caja (preocupados solamente por nosotros mismos), solo podemos ver nuestros defectos. Sin embargo, al salir de la caja (poner el foco en el otro), comenzamos a ver que somos mucho más que nuestros defectos y empezamos a reconocer nuestro sentido de propósito.

Es cierto que tener una mentalidad fuera de la caja no hará que nuestros defectos desaparezcan. Seguiremos teniendo cierto nivel de habilidades y fortalezas, así como tareas que nos resulten difíciles. Sin embargo, la mentalidad fuera de la caja nos ayuda a ver tanto nuestras fortalezas como debilidades con perspectiva.

Vemos que nuestros defectos proporcionan dimensión a nuestro carácter, a nuestras historias y al modo en que nos relacionamos con los demás. Podemos empatizar con los demás. Podemos ser más pacientes. Podemos ser más humildes.

Nuestros defectos, como el oro lacado, pueden ser el medio para transformarnos en mejores personas.

Lecciones del Kintsugi

El Kintsugi nos recuerda que los defectos no tienen que ser algo definitivo o permanente. Nos recuerda que la transformación a la que nos invitan, debe ser guiada por un sentido de propósito. Finalmente, nos recuerda que los defectos pueden incluso ser fuente de belleza y profundidad.

La próxima vez que nos sintamos inferiores a los que nos rodean, recordemos las lecciones del Kintsugi, y que no somos tan distintos a la cerámica reparada con oro.