
Una participante del taller básico de Arbinger: Desarrollo e Implementación de una Mentalidad Fuera de la Caja compartió una historia personal y explicó cómo lo que aprendió cambió la relación con su hija.
En Arbinger creemos que la mejor manera de medir los resultados no es simplemente considerando el resultado en sí—de lo que hacemos o producimos—, sino el impacto que nuestros resultados tienen en los demás. En anteriores posts, hemos valorado la importancia que esto tiene en las organizaciones. En esta ocasión compartimos un ejemplo personal muy significativo.
A veces, en nuestras relaciones, nos esforzamos mucho... pero puede ser que lo hagamos de manera incorrecta.
Es por eso que hacer preguntas sencillas puede marcar la diferencia.
Recientemente, una participante del taller básico de Arbinger: Desarrollo e Implementación de una Mentalidad Fuera de la Caja compartió una historia personal sobre la relación con su hija.
Después del primer día de taller, el facilitador pidió a cada participante que pensara en alguien con quien le gustaría mejorar la relación, ir a casa y mantener una conversación con dicha persona. Esta participante decidió hablar con su hija de 18 años; sentía que las dos se estaban distanciando—no pasaban suficiente tiempo juntas.
Al principio, la participante se mostró un poco vacilante. Le preocupaba que la conversación derivara en acusaciones. De hecho, ella misma estaba molesta porque su hija estaba siempre fuera y pasaba muy poco tiempo en casa. Ella esperaba que su hija se pusiera a la defensiva.
Sin embargo, la participante decidió adoptar el enfoque que había aprendido en el taller de Arbinger. Dejando atrás todas las acusaciones, simplemente le preguntaría: ¿Qué puedo hacer para mejorar nuestra relación?
La participante se acercó a su hija y le preguntó: "Como madre, ¿cómo lo estoy haciendo, en una escala de 1 a 10?" La hija se rió y le preguntó: "¿Qué quieres decir?" La participante le explicó: "Bueno, estoy intentando entender cómo lo estoy haciendo como madre".
Así que la hija calificó a su madre. Siendo 1 la peor valoración y 10 la mejor, ella pensó que su madre merecía un 7.
La participante nos confesó más tarde que se sorprendió al obtener sólo un 7. Estaba convencida de que, como madre, lo estaba haciendo mucho mejor que eso: cocinaba, trabajaba y se ocupaba bien de sus hijos. Se aseguraba de que la cena estuviera en la mesa todas las noches para que sus hijos pudieran comer bien y concentrarse en sus tareas escolares. ¿Qué más podía hacer?
Sin embargo, esta conversación reveló que su hija quería algo más: conexión y tiempo con su madre.
Cuando le preguntó a su hija qué podía hacer para obtener un 8 o un 9, la hija pensó un minuto y luego dijo: "¿Tal vez podríamos cocinar juntas?"
La participante estuvo de acuerdo, siempre y cuando a su hija no le importara retrasar la hora de la cena. Por lo general, la participante intentaba tener la cena lista antes de que su hija regresara a casa. A partir de ese momento empezarían a cocinar tan pronto como su hija llegara de la escuela.
Pero a su hija no le importaba en absoluto. De hecho, estaba emocionada con esta nueva idea.
Durante varios meses, cocinaron juntas. Ahora que su hija está en la universidad, hablan por teléfono, ¡de cocina!
La participante confesó que no tenía ni idea de que su hija quisiera cocinar con ella, porque nunca se lo había preguntado.
Estamos increíblemente agradecidos con esta participante por compartir su historia, porque nos recuerda dos cosas.
En primer lugar, nos recuerda que, incluso si nos esforzamos al máximo en el trabajo, en una amistad o en una relación familiar, es posible que no obtengamos el efecto esperado. Esto sucede porque, a pesar de todo lo que hacemos, simplemente no estamos haciendo lo que la otra persona realmente necesita o desea.
En otras palabras, debemos medir el impacto, no solo el resultado. Si solo medimos el resultado, es probable que solo consideremos lo que estamos haciendo.
En cambio, si medimos el impacto, descubriremos los efectos reales que están teniendo nuestros esfuerzos, para bien o para mal. Cuando observamos que no estamos generando el efecto que pretendíamos, podremos ajustar nuestros esfuerzos para mejorar dicho impacto.
En el caso de la participante y su hija, la participante creía que era la clase de madre que su hija necesitaba. Ella efectivamente estaba haciendo un gran esfuerzo trabajando, cuidando a sus hijos y preparando comidas para ellos.
Sin embargo, esto era únicamente una medida de su producción. Cuando la participante finalmente le preguntó a su hija qué necesitaba, se dio cuenta de que no estaba teniendo el impacto que pretendía. Su hija quería pasar tiempo con su madre. Entonces la participante ajustó sus esfuerzos y comenzó a cocinar con su hija.
Lo que nos lleva a nuestro segundo punto: en la mayoría de los casos, debemos medir el impacto preguntando a aquéllos a quien afectamos. No podemos asumir que sabemos qué impacto estamos teniendo. Y cuando preguntamos, las preguntas sencillas pueden marcar la diferencia.
Nuestra participante simplemente preguntó: "¿Cómo lo estoy haciendo como madre? ¿Y qué puedo hacer para mejorar?
Las respuestas a estas preguntas la ayudaron a ver qué necesitaba hacer para arreglar su relación con su hija.
Por lo tanto, la próxima vez que trabajes en un proyecto, desees mejorar una relación o comenzar a trabajar en una organización, recuerda medir el impacto de lo que haces—no solo el resultado, haciendo preguntas sencillas.
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